El Renacimiento en Jaén
El Renacimiento, como estilo artístico y cultural, es el más brillante del periodo histórico de la Edad Moderna para Jaén. Cronológicamente comprende casi todo el siglo XVI (a partir de 1520 aprox.) y gran parte del siglo XVII, si bien las décadas centrales del Quinientos son las que marcan el esplendor.
Las causas o razones de tal manifestación hay que buscarlas en el potente desarrollo urbano del territorio del antiguo reino y diócesis de Jaén, que contaba a finales de ese siglo con tres ciudades por encima de los 15.000 habitantes: Jaén, Baeza y Úbeda; dos con algo más de 10.000: Andujar y Alcalá la Real con Castillo de Locubín, y próxima a esa cantidad: Cazorla, Martos y Alcaudete; cifras que para la época suponía estar entre las treinta primeras ciudades de la Península ibérica. Además, otros ocho núcleos se movían en torno a los 5.000 habitantes, lo que aseguraba una densidad de población de 20 h/km2, la más alta del Tajo hacia el sur. Jaén conoció, por otra parte, un programa de colonización mediante una serie de poblaciones de nueva planta al sur y este de la ciudad de Jaén: Mancha Real, Los Villares, Valdepeñas y Campillo de Arenas.
Detrás de esta densidad poblacional se encuentra en primer lugar la riqueza agrícola y ganadera, sobre todo por el cultivo de cereales, y que pese a los altibajos propios de la climatología proporcionó largos periodos de alta producción. Después vendrían las actividades artesanales, entre las que destacaba el sector textil de paños, en lo que destacaba Baeza y Beas, y en menor medida las sederías en torno a las vegas de Jaén; la alfarería y la construcción, más extendida por el mapa provincial. Por último, y como consecuencia de los factores anteriores, el desarrollo del comercio y los servicios profesionales, de modo que artesanía y servicios vendrían a representar la mitad aproximada de la ocupación laboral frente a la otra mitad acaparada por la agricultura.
Motivo fundamental en la configuración de las ciudades y villas, así como en su florecimiento cultural, fue el papel desarrollado por los estamentos sociales elevados: nobleza y clero. Dentro de los primeros destacó la nobleza de privilegio, surgida de los servicios a la administración, ocupando un lugar señero la familia Cobos Molina, de Úbeda, que tuvo a dos de sus miembros como Secretarios Reales: Francisco de los Cobos, Secretario del emperador Carlos V, y su sobrino, Juan Vázquez de Molina, al servicio de Felipe II. Miembro de la familia fue asimismo Diego de los Cobos, obispo de Jaén. Otros émulos entre la nobleza serían los Benavides, en Baeza, y los Messia-Fonseca, señores de La Guardia. Pero detrás, otros hidalgos pudientes. Con o sin cargos públicos, y ricos hacendados se sumaron con fundaciones religiosas y sus propias casas al enriquecimiento del patrimonio artístico jiennense.
El clero aportó, aparte de riqueza material en casos, una preparación intelectual que condujeron a varios de ellos a desempeñar cargos de responsabilidad en el Vaticano, convirtiéndose en intermediarios de privilegio para la difusión de los gustos y del lenguaje del Clasicismo y del Humanismo en Jaén. Aquí habría que destacar a Rodrigo López, notario con Paulo III, fundador de la Universidad de Baeza, y el jaenero A. Gutiérrez Doncel, con idéntico cargo, pero anterior a López, fundador de la Sacra Capilla en San Andrés de Jaén, y al que fuera obispo de Jaén, el erasmista Esteban Merino. En Roma brillaría también por sus conocimientos teológicos y de anticuario, Alfonso Chacón. Teólogos y exegetas bíblicos de renombre fueron, fray Domingo de Valtanás y Jerónimo del Prado y obispos, como el segureño Gaspar de Avalos. A su vez, Jaén contó con prelados al frente de su diócesis destacados por su representación política cerca de la Corte y por talla intelectual, como el citado Merino, Francisco Mendoza, Francisco Delgado o Francisco de Sarmiento.
Fruto de todo esto será la creación de centros culturales de la importancia de la Universidad de Baeza (1542), que desempeñaría un papel muy activo en la segunda mitad del siglo como foco de pensamiento reformista en torno al beato Juan de Ávila y Diego Pérez de Valdivia, en un clima enriquecido con la presencia del médico y humanista Juan Huarte de San Juan, quien publica en Baeza su famoso Examen de Ingenios... Hay que decir también que la imprenta en Baeza jugará un papel decisivo a partir de 1568 en que se instala la de Juan Bautista Montoya, seguida después por otros miembros de la familia, y a comienzos del siglo XVII con la presencia de otra familia de impresores, los Cuesta. Mientras, en Jaén continuaba su labor educativa superior el Estudio universitario de Santa Catalina, fundado por los dominicos en el siglo XIV.
Los poderes públicos contribuyeron igualmente a la renovación del escenario urbano, primero con la construcción de las sedes de su poder: Ayuntamientos, casas de Corregimiento y cárceles, entre las que destacarán las de Baeza, Úbeda, Martos, Andújar o Torredonjimeno y los desaparecidos de Linares y Jaén; Pósitos, almacenes para la regulación del grano; Alhóndigas o puentes comprenden otras obras decisivas en ese sentido.
Pero será la Iglesia mediante un sistemático plan renovador de templos parroquiales y sobre todo las dos catedrales de la diócesis, Baeza y Jaén, las que por su valor monumental se conviertan en abanderados del más genuino lenguaje del Renacimiento, junto a la construcción de suntuosas casas-palacios de la nobleza e hidalguía, en la arquitectura, que como ninguna otra manifestación sellará la impronta renacentista de Jaén, dando lugar a un crecido taller de maestros canteros con nombres muy destacados, que rebasan los límites provinciales, como los Castillo, Martínez de Aranda, Lechuga y sobre todo, los Vandelvira, Andrés y su hijo Alonso, principalmente.
Al lado de la arquitectura, el arte mobiliar corre en paralelo dando sentido a muchos de los espacios interiores en iglesias y palacios a través de las pinturas, retablos y el arte de la forja, donde la rejería alcanza cotas de primera magnitud dentro del panorama nacional, sin olvidar relieves y esculturas exentas en los exteriores de esos edificios. En este capítulo los artistas provienen en su mayoría de fuera de Jaén, traídos por su calidad indiscutible. Italianos, como Jacopo Florentino y Julio Aquiles; franceses, como Esteban Jamete; portugueses, como el platero Gil Vicente y nacionales como Alonso Berruguete, Pedro Machuca, Juan Ruiz “el Vandalino” o el afamado rejero maestre Bartolomé, originario de Salamanca, pero afincado en Jaén, donde realiza la mayor parte de su obra, por lo que es conocido como “Bartolomé de Jaén”. Al lado de ellos hay que poner también a un grupo de notables artistas, escultores y entalladores principalmente, como Juan de Reolid, Luis de Aguilar, Francisco del Castillo “el Mozo”, Salvador de Cuellar o Sebastián de Solís y el muy famoso platero, Francisco Merino, sin olvidar tampoco algunos grandes, que nacidos en tierra jiennense triunfaron fuera de ella, caso del baezano Gaspar Becerra, los cazorleños Andrés y Francisco de Ocampo y los también escultores, Pablo de Rojas y Juan Martínez Montañés, naturales de Alcalá la Real.
Por último no se debe olvidar tampoco la importancia de los oficios artísticos relacionados con el cuero, como los “cordobanes”, muy estimados como ornamento suntuario de los ajuares domésticos y en cuya elaboración destacó Jaén, junto con Córdoba.