La obra de Andrés de Vandelvira
La obra de Andrés de Vandelvira se caracteriza, en pocas palabras, por su solidez constructiva y la constante experimentación con el lenguaje arquitectónico.
La solidez constructiva le viene dada por su dominio de la estereotomía o técnica del corte de la piedra, material fundamental con el que trabaja. Tal conocimiento, aunque heredado de la rica tradición medieval y compartido por la mayoría de los maestros constructores en España, sin embargo en manos de Vandelvira conocerá una extraordinaria conversión o adaptación al lenguaje “romano” o “antiguo”, que era el lenguaje del Renacimiento. Esto significa cortar cada una de las piezas o dovelas de piedra, que conforman todo el conjunto espacial construido, con la forma precisa para que encajadas una con otra se sostengan por si mismas. La dificultad será la del cerramiento del espacio con superficies curvas y los huecos, dado el uso sistemático del arco de medio punto que domina en la arquitectura antigua o al “romano”. Aquí es donde Vandelvira unirá su experiencia manual a un conocimiento matemático euclidiano, que le permitirá realizar atrevidas bóvedas circulares o cuadradas, pero siempre con perfil curvo, conocidas como bóvedas vaídas, que dan la sensación de ingravidez y ligereza a espacios cerrados por toneladas de piedra.
Este virtuosismo exige una constante experimentación con las formas que explica las variaciones de su estilo a lo largo de su obra, teniendo en cuenta también los contactos con otros arquitectos más experimentados. Así, hasta su llegada a Úbeda y conocimiento de Diego de Siloe, no encontramos especiales soluciones estereotómicas en su obra y si en cambio una prolija labor ornamental recubriendo las superficies, acorde con el llamado estilo plateresco, visible en Uclés y en la portada del alhorí de Alcaraz (1530) o incluso ya en Úbeda en la capilla del deán Ortega en San Nicolás, a él atribuida.
A partir de 1540 se produciría un giro a favor de planteamientos estructurales innovadores a partir de trazas propias para el Salvador de Úbeda, en concreto la sacristía con su portada y espacio de acceso, donde domina la anamorfosis como atrevido juego en el dominio de las formas realizadas por cortes de piedra. La presencia de la figura humana casi exenta o en alto relieve sustituye también a la menuda y prolija decoración fantástica que domina en el plateresco. Esta potenciación de lo plástico escultural se debe a la colaboración del francés Esteban Jamete.
Equilibrio entre experimentación estructural y decoración dominan en su obra de madurez de las décadas de 1550 y 1560, para desembocar en los últimos cinco años de su vida con el triunfo de la masa y los volúmenes puros con una mínima decoración muy geométrica en apoyo de los valores estructurales, representado sobre todo en el Hospital de Santiago de Úbeda.
Rasgos o idiolectos particulares de su arquitectura son:
- Columnas de fuste muy delgado en patios interiores
- Fustes acanalados con el tercio inferior ocupado por bastones a desigual altura,
alternantes, y a veces con guirnaldas en piedra al gusto francés.
- Continuar la composición del plano de fachada por los laterales.
- Uso frecuente de parteluz en ventanas o balcones
- Empleo de discos, con o sin cerámica, en el interior de los frontones.
- Uso frecuente de frisos “hinchados” en el orden jónico, inspirado en Serlio.